Llorar, aullar, perdernos en el tránsito y conjugarnos como música o dioses aglutinados reclamando el derecho de ciudad, derecho que el pavimento nos ha arrebatado y despojado del olor exquisito a tierra mojada. La lluvia arando nuestros pómulos porque deseamos humedecer la tierra con nuestros puños, amor y sangre. Esos puños subversivos son nuestro obsequio a la sociedad que está cansada del oro, el incienso y la mirra; obsequios que son el extracto más puro de la benevolencia que intentamos digerir cada día. En cada esquina citadina conviven calles, bullicio y caos, palpitan corazones rebosantes de metáforas, anáforas elípticas, aliteraciones, hipérbaton de frases y palabras adaptadas al cambio climático, a la suciedad y el hedor de los callejones; ahí sobreviven mutando los habitantes de mega ciudades contaminadas. Estas son, ni más ni menos, la esencia de todas las voces que gritan dentro de un circuito atestado de cables, ruidos, sabores y el olor del P...
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